El caballo pinto costarricense se ha ido ganando un lugar especial en las fincas, en los topes y en las exposiciones. Antes muchos lo veían solo como “el caballo manchado”, pero hoy es sinónimo de elegancia, personalidad y orgullo para sus criadores. Cada vez que un pinto entra a la pista o pasa por la calle, llama la atención de todos, incluso de quienes no saben nada de caballos.
Una de las cosas que más enamora del pinto es su variedad de colores y patrones. Se pueden ver capas overo, tobiano, sabino, combinaciones de blanco con café, negro o alazán, y manchas que nunca se repiten igual en dos ejemplares. Eso hace que cada caballo pinto sea literalmente único, como si alguien lo hubiera pintado a mano. Para muchos criadores y jinetes, escoger un pinto es también escoger un estilo.
Pero no todo es apariencia. Los caballos pintos ticos suelen destacarse por su buen temperamento: son nobles, manejables y, bien trabajados, se vuelven excelentes compañeros tanto para el trabajo liviano como para la recreación. Son caballos que se adaptan bien a ambientes familiares, a cabalgatas, a topes y también a la pista, donde pueden lucir su presencia y movimientos.
En los últimos años, asociaciones como ASOPINCO han impulsado con más fuerza la crianza organizada, las exposiciones y la mejora genética de estos caballos. Gracias a esto, el pinto ha pasado de ser “el caballo bonito del potrero” a convertirse en un protagonista en ferias y eventos ecuestres, con criadores que se toman muy en serio la selección, el cuidado y la presentación.