El caballo pinto es conocido en todo el mundo por su pelaje manchado, con grandes parches de blanco combinados con colores sólidos como alazán, bayo o negro. Ese patrón llegó a América con los caballos españoles en el siglo XVI y se fue extendiendo por el continente, hasta convertirse en símbolo del caballo de trabajo y de los pueblos originarios en Norteamérica.
En Costa Rica, los caballos llegaron también con la colonia española y se adaptaron rápido a la vida en fincas y haciendas. Con el tiempo se desarrolló el caballo criollo y, más adelante, el Caballo Costarricense de Paso, apreciado por su elegancia y movimientos vistosos. Dentro de esas manadas siempre existieron ejemplares manchados, pero durante muchos años se les veía simplemente como “caballos pintos”, no como una raza propia.
Eso empezó a cambiar cuando varios criadores ticos se propusieron seleccionar caballos que unieran la capa pinto con el temperamento y el estilo de paso del caballo costarricense. Se buscó un animal fuerte, de buena alzada, pecho profundo y cuello bien conformado, pero sobre todo con un desplazamiento cómodo y elegante, ideal para topes, exhibiciones y actividades ecuestres en todo el país.
Para ordenar ese esfuerzo nace ASOPINCO, la Asociación de Criadores del Caballo Pinto Costarricense. Esta organización lleva el registro genealógico, vela por los grados de pureza, promueve el uso de microchip para identificar a los animales y organiza exposiciones y juzgamientos especializados, como las exposiciones nacionales del Caballo Pinto Costarricense.
Gracias al trabajo de ASOPINCO y de los criadores, hoy el Caballo Pinto Costarricense se reconoce como un tipo definido: un caballo de paso, brioso pero noble, con gran presencia escénica y un pelaje inconfundible que lo hace destacar en cualquier manga o tope. Más que una simple combinación de colores, es el resultado de décadas de selección, pasión por la cría y orgullo por la identidad ecuestre de Costa Rica.